El Monte Sinaí: la morada de Dios

Una orografía espectacular y el simbolismo religioso de tres religiones otorgan un carácter especial a esta montaña.
 
Desde el pueblo costero de Nuweiba, una carretera se adentra en el desierto egip­cio y asciende por las entrañas del Sinaí. Las montañas peladas y abruptas se levantan a ambos lados de la ruta, con sus cumbres nudosas como puños de gigantes.
 
El decorado del Dios del Antiguo Testamento
 
Esta cordillera es de una brutalidad geológica que espanta: paredones vertiginosos de granito, valles de gravilla achi­charrada, laderas truncadas en fallas colosales, peñascos gigantes que amenazan con desplomar­se... Un escenario idóneo para las apariciones del Dios del Antiguo Testamento, el que comparten judíos, cristianos y musulmanes.

El Monasterio ortodoxo de Santa Catalina

En el centro de la cordillera se abre un altiplano, a 1.500 metros, en cuyo regazo se encuentra el monasterio ortodoxo de Santa Catalina, de ori­gen bizantino. Además de iglesias, capillas, claus­tros, iconos y mosaicos, aquí se puede contem­plar un gigantesco arbusto que crece desparra­mado por una de las paredes. Según la tradición, se trata de la zarza que ardía sin quemarse, por medio de la cual Dios habló a Moisés antes de dictarle los Diez Mandamientos.
 
Una larga ascensión

Los beduinos, que recorren sin trabas el de­sierto con pasaportes israelíes y egipcios, ofrecen camellos a los peregrinos que todas las noches suben a la cumbre. Una opción es caminar por el sendero que serpentea a través de laderas terrosas, en lugar de realizar la ascensión directa a través de 3.700 escalones. En un par de horas se trepa por el último roquedal del Sinaí justo cuando el sol se hunde en el horizonte, y en la cima se encuentra una sencilla ermita consagra­da a la Santísima Trinidad.
 
Ser puro ante Dios
 
De pronto, un alarido brota entre las rocas: una voz cantando a pleno pulmón, muy cerca de nosotros, "no hay más Dios que Alá y Mahoma es su profeta". La ora­ción, lanzada desde 2.285 metros, cae como una avalancha por las laderas del Sinaí, retumba contra las montañas vecinas y se propaga por encima del desierto. Es la voz de Mohamed, un eremita de 23 años que vive desde hace tres en una gruta acolchada con alfombras y tapi­ces. Aspira a dos cosas: ser puro ante Dios y ser amigo de los peregrinos de todas las religiones.
 
Recuerdos bíblicos

Con el amanecer, en el monte Sinaí se desata un espectáculo silencioso y conmovedor: los ra­yos del sol estallan contra las cumbres de grani­to, inunda los valles de arenisca, y la cordillera parece arder en un incendio de luz naranja, lo que hace recordar las pa­labras del Éxodo:
 
"Todo el Sinaí humeaba porque Yaveh habla descendido sobre él en el fuego, y el monte temblaba con violencia."

Cómo llegar

El modo más idóneo para llegar es desde la capital egipcia, El Cai­ro, en autobús (unos 450 km) o en avión con Air Sinaí hasta Santa Catalina. 
 
Al ser un área desértica, es conveniente evitar visitar la zona los meses de verano. En invierno es una buena fecha para visitar el enclave aunque por las noches la temperatura es muy baja.
 

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